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De Quimeras y Ensoñaciones

Una sonrisa forzada

Tenía dibujada en su cara esa estúpida sonrisa de las que el éxtasis de la contemplación te trasladan al más allá de ti mismo. ¡Guau!. Se lo estaba pasando de Puta Madre. Era bueno ese polvo blanco. ¡Si señor! De excelente calidad. Nada de adulteraciones con harina ni con azúcar ó sal ó granos de arroz triturados. No Señor, ella pagaba lo que valía y pagaba bien.
Flotaba, volaba, andaba sobre nubes aterciopeladas de colores vagamente soñados. Era como un orgasmo alargado en el tiempo, estirado como chicle de mascar, eterno, infinitamente perdurable e imperecedero, una complacencia de placer que enseñoreaba a sus anchas a aquel nutrido grupo de danzarines de la pista central. Siempre distintos, siempre iguales. Una y otra, una y otra vuelta sin cesar, sin dejar de menear su menudo y escuálido esqueleto de niña bien, su piel amarillenta de vividora de la noche, sus ojos enrojecidos, y su sonrisa de joker marcada en su cara a base de un cincel de color blanco.
Su cerebro giraba a mil revoluciones por segundo, saltando en cabriolas imaginarias, en luces estrambóticas, en maremotos malogrados contra las rocas de la costa, deshaciéndose en miriadas de placer, pero su corazón no podía aguantar ese ritmo infernal, si bien su cerebro no le ponía límites a su amplia variedad de sensaciones, su corazón empezaba a decirle: -¡Basta!. ¡Para un poco so basta!. ¡Para! ¡Basta ya!. Patán, basta y chabacana mujer, tu vasta existencia dejará de decir ¡basta! si no dejas de hacer tantas tonterías. Tómate la vida un poquito más en serio, que tienes dinero para hacerlo, haz caso a tu corazón, que te lo está pidiendo. Deja de colocarte, muchacha. No te esfuerces en sonreír falsamente a falsa gente a quien no importas nada. Nada.-

Y la danzarina, sin oír a su pusilánime y debilitada víscera muscular, con una sonrisa forzada, zapateaba en la noche, en la pista central de baile, colocada, colocada como caballo ganador en el hipódromo de la vida, que se le escapaba, a no ser que el jokey dejara de fustigarla y de clavarla las espuelas en el costillar intentando llegar a su espina dorsal, a su centro interestelar donde los colorines se esfumasen en aquel ambiente enrarecido de humo, música estrambótica y machacona y cuerpos sudorosos y se transfiguraran en la lacónica y sucinta brevedad de la efímera realidad de su vida.
Resucitó de entre los muertos aquella noche, cuando desmayada, despertó de su letargo y no reconoció a nadie a su derredor. Caras extrañas y sin embargo eran las mismas, las que todas las noches le miraban en la pista central y recordó un hogar abandonado y una sonrisa limpia, y un álbum de fotos y un paseo por el jardín y un banco con dos corazones grabados y un libro de juventud perdido que hablaba de los peligros de aquellas sustancias estimulantemente alucinógenas que podían captarte hasta producir una adicción patológica, una dependencia enfermiza. Y recordó unas manos grandes, una cara arrugada, un abrazo de oso, unos ojos cansados pero firmes, pero no estaban allí mirándola, y de su corazón lloraron lágrimas que viajaron por venas y arterias y extrañamente dulcificaron su organismo y al llegar a sus ojos bombearon sangré. Lágrimas de su corazón, sangre de sus ojos.
Y recordó un tiempo olvidado, pasado, vivido, tal vez soñado, imaginado. Fue sólo un instante. Sólo eso, un breve instante nada más, cuando pasaba del duermevela a su realidad artificial, dependiente y letal, funestamente mortal y destructora.
Y la música volvió a sonar nuevamente en el tugurio, allí no había pasado nada, un desmayo sin importancia, una mujer, un drogata más buscando su dosis sin encontrarla, y en la barra del bar un vendedor, el de siempre, uno más, un extraño, le aguardaba. Y si algún día necesitase vender su cuerpo, lo haría, total, tan sólo el corazón protestaba y ella sabía ignorarlo, hasta, hasta que un día cualquiera dijera ¡ Basta ¡ .

1 comentario

white -

me ha encantado compañero, te sigo leyendo en solitario y a tres.